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Una vez, alguien que obtuvo mucho éxito en su negocio afirmó que las dos cosas más importantes que un Directivo debe tener en cuenta para prosperar en su carrera profesional son “los ingresos” y “las personas”. Por un lado, lo que se le pide en esencia a un Directivo es que ofrezca resultados, es decir que genere ingresos. Sin embargo, en este propósito final, el directivo está “vendido” por su equipo. Es decir, la Dirección lo hace todo a través de terceras personas, por eso es tan importante que, tal y como apuntaba en el post anterior, el Directivo sepa cómo ganarse la admiración de sus empleados.  Es imposible que los resultados lleguen si el equipo no está motivado y el Directivo tampoco ha sabido atraerles para sí con su visión.

En este sentido, encuentro oportuno reseñar que el concepto de liderazgo ha cambiado bastante desde que éste se originara junto a la figura del “manager” hace apenas un siglo. Históricamente este perfil solía ser ocupado dentro de una organización de forma congénita (se heredaba). La figura del manager profesional como tal es un invento relativamente reciente. En sus albores, esta figura se asoció originariamente con la eficacia. Al Directivo se le pedía que fuera un gran ejecutor. Hoy en día, todo y que éste no puede ni debe descuidar los “resultados” de los que hablaba, como Directivo también ha de saber marcar el camino y por ello, además de ejecutor también actuará como visionario de la compañía. En el post anterior hablamos de “valores” como requisito fundamental para que un Directivo llegase a obtener la admiración de sus empleados; también salieron a colación “talento” y “madurez”. Sin embargo, no me gustaría terminar este capítulo sin mencionar los 3 skills, que para mí, son más importantes en el desempeño de las funciones de un Directivo. Estoy refiriéndome a: liderazgo, comunicación y trabajo en equipo. Y cuando digo “trabajo en equipo” no me refiero a trocear la tarea, sino a buscar y encontrar en cada momento el mejor recurso disponible. Parece fácil pero de facto, a juzgar por los errores que cometen muchos Directivos no lo es.

Entre estas pifias y comportamientos que merman la credibilidad de un Directivo y la motivación de su equipo está por ejemplo el ser situacional. Es decir, un ejecutivo no puede dirigir en función de su estado de ánimo personal, ni tampoco con el manual en la mano. Como se suele decir “las normas están hechas para situaciones normales”, pero hay excepciones, de donde sólo se podrá salir airoso (y hasta reforzado) dirigiendo desde los valores. Otros comportamientos poco plausibles en este sentido podrían ser saltarse a un empleado, ningunearlo, sustituirlo o no predicar con el ejemplo. En todos estos casos, además de no conseguir los resultados más óptimos, es más que probable que en poco tiempo se llegase a producir una “fuga de cerebros” dentro de ese departamento. Por el contrario, cuando la Dirección empresarial alcanza la admiración de sus subordinados, este hecho se convierte en el principal elemento retenedor de talento. Por experiencia propia, la adherencia que despierta un Directivo admirado es sorprendente. Si como Directivo tienes la oportunidad de poner en práctica estas pericias,  mi consejo es que experimentes  y llegues a valorar por ti mismo los beneficios de los que hemos estado hablando. ¿Crees que tus empleados te admiran o te temen? Examina tus resultados y obtendrás la respuesta.






Antes de entrar a responder a esta pregunta, creo que es necesario hacer una consideración previa. Dentro de las múltiples categorizaciones en las que se podrían dirimir los diferentes tipos de empleo, existe una muy general y de fácil comprensión para todos que para desarrollar el resto de ideas de este post debo citar. En este sentido, de un lado quedarían aquellos trabajos en donde para el desarrollo del mismo lo que prima es la utilización del “cerebro”  y del otro, aquellos donde son  “los músculos” los que ocupan la parte central del mismo. Si nos referimos al primer caso, hablaríamos de industrias first class (consultoría, banca, tecnología, etc.) y si aludimos al segundo tipo, tendríamos delante modelos de negocio donde el Directivo o jefe hace también las veces de capataz.

Hecha esta distinción, cabe apuntar que aunque sin duda el ideal empresarial de relación entre Directivos y empleados debe conducir siempre hacia el camino de la admiración y el respecto; la situación real que suele acaecer en ambos segmentos suele ser bastante dispar. Si bien en los trabajos más cerebrales el Directivo aspira a ser visto como un líder (ahora explicaré cómo) y él a su vez considera a su equipo como parte de la simbiosis necesaria; en los otros casos donde el trabajo es más físico, el jefe suele ser visto por sus empleados con cierto temor, es decir, como alguien del que se debe huir; lo que se retroalimenta con el convencimiento del propio Directivo, el cual está seguro de que si no estuviera él “con el látigo” nadie trabajaría y en consecuencia se comporta como si de verdad sostuviera tal instrumento de opresión.

A partir de este momento centraré mi exposición en el primero de los tipos descritos, el cerebral. He esbozado al comienzo del párrafo anterior una creencia personal sobre la que me gustaría profundizar un poco más. No pocas veces he escuchado a un Directivo preguntándose qué podría hacer para que sus empleados le “quisieran”. Bajo mi punto de vista éste se equivoca en el planteamiento. La pregunta que debería hacerse (y está claro que algo está haciendo mal si se encuentra en esta disyuntiva) es cómo debería comportarse para ser “admirado” por su equipo. “Admiración”, he aquí el quid de la cuestión. ¿Podría ser admirada una persona sin valores? Un Directivo tampoco. En el mejor de los casos una persona que no se comporte con ética, dignidad y justicia podría llegar a ganarse el respecto de sus empleados por sus competencias pero nunca nadie querría ser como él ni tampoco imitarlo. Por supuesto, estos valores no entienden de edad ni de experiencia, sino más bien de talento y cierta madurez, los requisitos mínimos que un Directivo debería acreditar para llegar a tener éxito en sus resultados de negocio y por tanto también con sus empleados. Los beneficios de actuar las 24h (y no únicamente durante las 8h laborales) de forma íntegra y honrada serán incalculables. Vale la pena intentarlo.